Asociación Española de Farmacéuticos Católicos | DESAFIOS ACTUALES DE LA BIOÉTICA
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DESAFIOS ACTUALES DE LA BIOÉTICA

DESAFIOS ACTUALES DE LA BIOÉTICA

 

El espectacular avance científico y tecnológico de las últimas décadas, nos ha puesto en condiciones de intervenir sobre la vida humana en momentos muy diversos y con una capacidad invasiva cada vez mayor. Se han convertido en algo de rutina las manipulaciones del proceso de la concepción, las intervenciones no estrictamente curativas para mejorar la calidad de la vida y de la salud, la posibilidad de predecir la ocurrencia de enfermedades futuras, la prolongación artificial de las condiciones vitales, y un largo etc., como iremos viendo.

Calibrar el alcance que tiene la aplicación de esos avances en los seres humanos es especialmente delicado. Porque el cuerpo humano es un cuerpo personal: lo que hacemos sobre el cuerpo lo hacemos en la persona. Dos de los principales valores que se deben respetar en la persona humana, por el hecho de existir con un cuerpo, son la identidad (el que podamos reconocer nuestro propio yo, la permanencia del sujeto del propio obrar, a lo largo de la vida) y la integridad (el poder disfrutar de las facultades naturales biológicas, psicológicas y espirituales, cooperando en beneficio de la entera persona). Teniendo en cuenta ambos aspectos, las posibilidades abiertas por la biotecnología son prometedoras, pero también inquietantes. ¿Quién asegura que ciertos trasplantes, o las modificaciones genéticas llevadas a cabo sobre las células encargadas de la fecundación, o la experimentación sobre el hombre, respetarán la identidad y la integridad personal?

Ni la investigación médica ni sus aplicaciones son éticamente neutras, porque implican siempre comportamientos humanos (es decir, elecciones guiadas por la razón, decisiones responsables), y precisamente para realizarlos sobre otros seres humanos. La pregunta ética es connatural a la medicina, como pone de manifiesto, por ejemplo, el juramento hipocrático ya varios siglos antes de Cristo. ¿Hago bien comportándome así, o investigando esto de esta manera? ¿Me hago bueno a mí mismo con mi conducta? ¿Hago algo bueno a los futuros destinatarios de esta técnica o de este producto? Nadie juzgaría éticamente correcta una investigación destinada a enmascarar perfectamente las sustancias prohibidas a los deportistas para que no se les detecte en los controles anti-doping.

Veremos a continuación algunas cuestiones actuales que plantean dilemas éticos a cuantos trabajan en campos relacionados con la medicina.

  1. Transmisión de la vida humana y comienzo de la misma.

Los problemas en esta área son de varios tipos. Por un lado están aquellos comportamientos que atentan contra la vida del embrión, o destinados a hacerle desaparecer si sobreviene un diagnóstico infausto sobre su estado de salud. En este grupo están actuaciones como el aborto (por medios quirúrgicos o por medios químicos utilizando las píldoras post-coitales, DIUs, etc.), y el diagnóstico prenatal cuando no es realizado en beneficio del embrión, sino con la intención de eliminar seres humanos defectuosos.

Por otro, los procedimientos que atentan contra la dignidad personal del embrión humano, y que le privan de alguna característica esencial de tal dignidad. Son los métodos de reproducción artificial. Es éticamente bueno el esfuerzo por remediar la esterilidad de los esposos, y por facilitar todo lo posible el éxito del proceso natural de procreación. Desgraciadamente, la mayoría de las técnicas vigentes no son curativas de la esterilidad, y además dejan siempre cierto número de embriones muertos. Los métodos más usados (fecundación in vitro) sustituyen el acto conyugal, que debe estar en el origen de los seres humanos, por ser el único lugar digno para el comienzo de una existencia personal. El hijo viene entonces a la existencia como algo producido, como objeto, no como persona: en su origen él podrá reconocer un acto técnico despersonalizado, y no un acto amoroso de sus padres. El problema es aún mayor si la misma persona del padre o de la madre son sustituidas mediante la donación de óvulos, esperma, útero, etc.

Entra también en este apartado la clonación humana, tanto de intencionalidad reproductiva como investigadora (llamada equívocamente terapéutica). La violencia contra la dignidad personal del ser humano es grande, pues se le priva de un aspecto esencial de la comprensión de sí mismo: su ser hijo, el poder reconocerse no meramente “código genético autónomo”, sino “imagen” de unos padres transmitida en un proceso de engendrar, no de copiar. El ser clonado, por definición biológica, no tiene padres. Ignoramos casi todo sobre las consecuencias que esta situación puede tener en los planos biológico y psicológico. Si, además, la intencionalidad con que la clonación se realiza es la llamada terapéutica (obtener una parte de su cuerpo para uso científico), la violencia contra el embrión es máxima, pues el procedimiento requiere la vivisección y destrucción de ese ser humano.

Al médico se le pide también intervenir en comportamientos de rechazo de la capacidad de transmitir la vida, solicitándole la esterilización química (píldoras), o quirúrgica (vasectomía, ligadura de trompas y otras). En este terreno, el llamado principio terapéutico es de gran ayuda para resolver las dudas éticas. Es lícito usar los remedios terapéuticos (es decir, medidas que son curativas o paliativas en razón de que actúan sobre el órgano o sistema que es el causante de la enfermedad actual) que sean verdaderamente necesarios para curar enfermedades. Una práctica médica que tenga como consecuencia la esterilidad temporal o permanente del paciente puede ser lícita cuando no busca principal y directamente hacer infecundos los encuentros conyugales de los esposos. En la práctica pueden presentarse situaciones duras o difíciles, pero la razón ética objetiva (no la de tipo consecuencialista o proporcionalista) comprende que la esterilización directamente querida es indigna de las personas y no debe ser realizada.

Una última área prometedora para la humanidad, pero también inquietante desde el punto de vista ético, es la de las manipulaciones genéticas. Recuérdese lo que se dijo precedentemente sobre el valor y el respeto de la identidad y la integridad de las personas. Nos encontramos en un campo en el que es esencial una cautelosa experimentación previa en animales, antes de pensar en su aplicación sobre seres humanos.

  1. Cuidado de la salud.

Cada uno tiene la responsabilidad moral de procurar estar sano y de hacerse curar cuando sea necesario. La salud forma parte del bien de la persona, globalmente considerada, y la enfermedad es un mal que hay que prevenir e intentar evitar.

Los problemas morales que surgen en este campo son de cuatro tipos, principalmente. De una parte está todo lo relacionado con la prevención de enfermedades. Pensemos en las toxicodependencias, y también en los deberes morales de las personas portadoras de enfermedades infecciosas, por ejemplo el sida. Un segundo tipo de problemas está relacionado con la disponibilidad de complejas terapias médicas, y son las cuestiones sobre la proporcionalidad de los tratamientos.

Los otros dos tipos de problemas éticos proponen interrogantes a veces difíciles de resolver sobre el respeto a la integridad de la persona y a su autonomía para tomar decisiones. Son los experimentos sobre seres humanos, y ciertos trasplantes de órganos, tejidos o células.

El deber de no propagar enfermedades a otras personas ha tomado, con el sida, un cariz dramático. Conocemos bien el modo de transmisión (sexual, parenteral y madre-hijo) y que el contagio es relativamente fácil de evitar. Tratándose de una enfermedad mortal, quien se sabe portador tiene el deber de abstenerse de cualquier conducta que pueda contagiar a otro. Las autoridades sanitarias deben ser veraces y decir los resultados que emergen de los estudios hechos sobre la transmisión de esta enfermedad. La educación a la castidad, en los adolescentes, y la fidelidad a la propia pareja se revelan como los medios más eficaces para frenar la epidemia. Pretender que el preservativo sea el ideal de humanidad y el fruto más conseguido de la moderna medicina preventiva, sería como proponer acabar con la malaria a base de repartir pastillas, en lugar de actuar sobre las zonas donde está el insecto que la origina.

Un tratamiento se considera proporcionado cuando, teniendo en cuenta el parecer del paciente y sus condiciones físico-biológicas y psicológicas, los beneficios que razonablemente se prevén superarán los costes, es decir: las dificultades de esa intervención, los riesgos inherentes a la misma, las consecuencias colaterales, los gastos, etc. La solución de los casos concretos que uno se puede encontrar no aparece en ningún prontuario. Solamente la rectitud moral del médico, y concretamente la virtud de la prudencia (sabiduría práctica), junto con una buena formación y experiencia médica, le asistirán a la hora de formarse un juicio terapéutico y discutirlo con el paciente. En todo caso, son los tratamientos proporcionados los que caen bajo la propia obligación de cuidar la salud; pudiendo renunciar el paciente cuando lo desee a los tratamientos desproporcionados.

  1. Término de la vida humana.

Cuatro son los principales problemas éticos en las últimas fases de la vida humana. De un lado están los comportamientos derivados del rechazo de la enfermedad y de la muerte: el encarnizamiento terapéutico y la eutanasia. Luego, los problemas que eventualmente surgen por el uso de analgésicos que podrían causar un acortamiento de la vida de un enfermo en fase terminal. Y la verificación de la muerte en aquellos pacientes en los que no sirven los signos clásicos de ausencia de latido cardiaco y de respiración.

Se entiende por eutanasia cualquier acción u omisión que, en sí misma o por la intención con que se realiza, procura la muerte con el fin de quitar sufrimientos. Siempre se ha considerado una conducta absolutamente contraria al ethos médico, cuya razón de ser es la salud del enfermo, no su eliminación. Afortunadamente, todos los organismos médicos internacionales y todos los colegios médicos nacionales (excepto los de Holanda, Bélgica, el norte de Australia y Oregón en USA) rechazan totalmente la eutanasia. Con la moderna medicina paliativa se consiguen resolver las causas de sufrimiento (físico, psíquico, emocional y espiritual) de estos pacientes.

Algo distinto de la eutanasia es la renuncia a proseguir con tratamientos futiles, que sólo consiguen una prolongación penosa y precaria de la vida humana, manteniendo en cambio los cuidados normales que se prestan a todo enfermo (nutrición, limpieza, etc.). Se conocen como encarnizamiento terapéutico aquellas actuaciones médicas que insisten en el mantenimiento de la vida a toda costa, aunque supongan al paciente inútiles sufrimientos, y es moralmente reprobable.

La extracción de órganos de cadáveres y las sofisticadas medidas de sostenimiento de vida en unidades de Cuidados Intensivos, ha planteado si los criterios neurológicos de muerte (muerte cerebral) son válidos indicadores de defunción. La muerte es la pérdida total e irreversible de la capacidad que tiene un organismo para mantener autónomamente su propia unidad funcional, de funcionar como un todo unitario. Puede ser diagnosticada mediante criterios anatómicos, clínicos, biológicos, cardiacos y neurológicos. Los criterios neurológicos son signos válidos de muerte cuando demuestran el cese completo de toda función cerebral (del cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico). Eso significa que el organismo ha dejado de tener capacidad integrativa, de funcionar como un todo unitario; es decir, la muerte. Los criterios y las comprobaciones que exige la legislación española para diagnosticar la muerte cerebral son, por desgracia, ambiguos.

  1. Dilemas éticos que surgen en la actuación profesional.

En el ejercicio profesional surgen conflictos que afectan a la relación médico-paciente. Se pueden presentar dudas en situaciones como la obligación de guardar secreto profesional, el deber de ser veraces con los pacientes, la petición de su consentimiento informado antes de realizar ciertas pruebas diagnósticas o terapéuticas. Además, al médico se le pide que lleve a cabo intervenciones de muy diverso tipo que no son propiamente un tratamiento: estéticas, de cirugía plástica por motivos no terapéuticos (religiosos, por ejemplo, como la operación de circuncisión en los ciudadanos judíos), de esterilización antiprocreativa, de cambio de sexo… ¿Son todas ellas éticamente lícitas? ¿en qué condiciones puede serlo alguna de ellas?

Tiene el médico también precisos deberes de humanidad con sus pacientes, que nunca son meramente cuerpos, sino personas, cuerpos personales. En este ámbito debe ayudarles a encontrar el sentido al dolor (la formación humanística –psicología, psiquiatría, humanidades médicas- forma parte del currículum de estudios de medicina). Y también el facilitar al paciente, especialmente al moribundo, que reciba la asistencia espiritual y religiosa que desee.

El objeto del secreto médico es todo aquello que llega a conocimiento del personal sanitario en el ejercicio de su arte. Se extiende no sólo a lo que se le dice al médico, sino a cuanto él pueda conocer por lo que ve y explora. Esta obligación de mantener el secreto cesa cuando no es posible guardarlo sin perjuicio grave para la sociedad, o bien para una tercera persona inocente, o bien para el mismo que lo ha confiado o para el médico. Un caso particular es, por ejemplo, la declaración de enfermedades contagiosas de origen infeccioso, habida cuenta de la repercusión que esa declaración puede tener en el ámbito laboral, de seguros de vida, familiar, etc., con la extensión cada vez mayor del registro informático de datos.

La relación terapéutica se basa en la confianza del paciente en que el médico procurará tutelar su salud. Los esquemas paternalistas en los que el médico lo decidía prácticamente todo van quedando superados. Los enfermos tienen derecho a recibir información concreta y continuada de cuanto esté relacionado con su proceso. Cuando las técnicas diagnósticas o las intervenciones suponen riesgos para el paciente, el médico debe obtener su consentimiento tras habérselas explicado de modo que el enfermo entienda por qué una opción es preferible a otra.

Juan C. García de V. Médico. Doctor en teología.

Profesor de bioética. Asesor esp. de AEFC

Publicado en la Revista Palabra, año 2011