Asociación Española de Farmacéuticos Católicos | LORENZO VILAS
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LORENZO VILAS

LORENZO VILAS

Por Dr. Alfonso V. Carrascosa. Científico del CIAL (UAM-CSIC)

Como un tónico de la voluntad se ofrece una reseña sobre la vida de un importante exponente de la profesión farmacéutica cual es Lorenzo Vilas. Su formación con José M.ª Albareda, mayor gestor de la investigación científica del siglo XX, también farmacéutico y creyente profundo como Vilas, y su posterior actividad tanto científica como de gestión, anima a seguir la tarea comenzada por otros como él, de hacer presente la compatibilidad entre ciencia y fe que el laicismo que nos asola niega explícita e implícitamente. Tal vez esto pueda reforzar la iniciativa de Benedicto XVI sobre la creación del Atrio de los Gentiles. En el Año Internacional de la Química 2011, la vida un farmacéutico y químico, con creencias de rabiosa actualidad en comunión con el Magisterio de la Iglesia.

Nació en Barcelona el 10 de agosto de 1905, en una familia con nueve Hermanos. Cursó primaria en los jesuitas de Sarriá (Barcelona) y en los de la C/ Caspe, donde cursaría bachillerato. Allí conoció al Padre Longinos Navás, entomólogo de prestigio internacional experto en neurópteros. Para Lorenzo Vilas fue crucial en su elección de estudiar ciencias, todo por una anécdota en la que en una excursión de campo, vació su fiambrera quedándose sin comida para guardar una culebra que los alumnos habían encontrado.

Se licenció en ciencias químicas en 1925 y fue ayudante de prácticas en la U. de Zaragoza. Conoció en un viaje a Lourdes a la que sería su mujer y con quien se acabaría casando en Madrid en 1933, María Minando Galardy, con quien tendría dos hijos. En 1939 comenzó su etapa en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid en el que fue interventor, secretario y director, hasta 1944. Se doctoró en químicas y después de conocer a Albareda, se licenció y doctoró en farmacia, trabajando en microbiología. Albareda y Vilas formaron a un buen número de microbiólogos del CSIC, y visitaron al Papa Pío XII en 1952 (en la foto, ambos, tras su hombro izquierdo). El 12 de julio de 1944 ganó la cátedra de microbiología de la F. de Farmacia. En 1946 creó el Instituto de Microbiología General y Aplicada, que se llamó Jaime Ferrán en 1949, siendo además fundador con el también católico y científico Juan Marcilla y primer secretario de la Sociedad Española de Microbiología SEM. Llevó a cabo la primera traducción del Código Internacional de nomenclatura Bacteriana. Era académico de número de la Real de Farmacia. Recibió la Gran Cruz al Mérito Civil, la Encomienda de Isabel la Católica con placa de Alfonso X El Sabio, la Encomienda de la República Italiana, Oficial de la Orden de la Medahuía, nombrado Colegiado de Honor del Colegio de Farmacéuticos de Madrid. En su jubilación en 1975 diría «Que profesores y alumnos cumplan con su obligación, por amor y con amor, porque son responsables ante Dios», e hizo un último viaje a Upsala, donde visitó la casa de Linneo, también profundo creyente.

Falleció en Madrid el 19 de noviembre de 1988. En la apertura del curso 1966-67 leyó su discurso «En las fronteras de la vida», y la inauguración del curso académico de la academia con el discurso «Anecdotario microbiano». En ambos alude directamente a sus convicciones en defensa de la vida, en consonancia absoluta con el actual Magisterio de la Iglesia: «… el hombre moderno, después de vencer a los microbios, ha inventado una serie de fármacos, dispositivos y manejos anticonceptivos y abortistas utilizados contra la conservación de la especie, en un alarde de criminal uso antinatural de la libertad que le ha sido concedida. Tampoco descartamos la posibilidad de ver pronto generalizada la eutanasia, resonancia del aborto y tan criminal como él… Y el panorama es sombrío, porque el ataque social contra la familia bloque, la familia puerto de partida, arrastrará un mayor número de ejecuciones de los que estorban al principio y al final de la vida».

Realmente por lo explícito de las alusiones a la defensa de la vida sólo merece el texto meditación, y la consideración de que quien dice éstas cosas es un científico de primera línea en la época. Continúa en el mismo discurso sus valoraciones: «Cuando era niño, me impresionó una frase: “Los cielos relatan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Andando el tiempo me enteré que formaba parte del Salmo 18. No hace falta conocer la existencia de un Dios creador, porque el simple raciocinio humano puede deducirlo de la contemplación de Su obra…Si creo en los microbios, he de creer en Dios. Ya os decía al principio que la razón humana es suficiente para llegar al conocimiento de Dios”. Se plantea el origen de la vida: “…Pero ¿qué es la vida?… Gen 1,11 que cita por primera vez a los seres vivos en la “hierba verde”…(después de repasar coincidencias científicas y de la Creación)…

No me causa sorpresa que hoy podamos dar esta interpretación al Génesis, acomodada a lo que la ciencia va descubriendo, ya que la Palabra de Dios no falla y la Biblia no es un mero símbolo… Dejar escrita en cifra la verdad de la Creación, tal como ahora la vemos, pero dicho en aquella época que los conocimientos humanos no podían ni remotamente sospechar el hallazgo de la clave, sólo puede hacerlo el Autor de la Creación… la primera célula viva. Ha surgido perfecta… …Dios creó al hombre infundiéndole el alma a su imagen y semejanza…Repito que los hitos de la Creación, para los que no veo más explicación que la voluntad expresa del Creador… y si se lograse dar vida a una célula primaria… alabaría aún más la sabiduría de Dios, que en el hidrógeno primitivo ya puso la capacidad de aparición en un momento determinado de esa energía especial llamada vida, cuya captación y manejo también había dejado a la inteligencia del hombre, único escrutador del enigma del mundo, con esa llave maestra de superior condición que llamamos alma…”.