Asociación Española de Farmacéuticos Católicos | Trivializar la sexualidad. Dos observaciones sobre el preservativo
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Trivializar la sexualidad. Dos observaciones sobre el preservativo

Trivializar la sexualidad. Dos observaciones sobre el preservativo

Juan Carlos García de Vicente

Médico. Doctor en Teología Moral. Asesor espiritual de AEFC.

Marzo-2012

“Con ocasión de la publicación del libro-entrevista de Benedicto XVI, Luz del mundo, se han difundido diversas interpretaciones incorrectas, que han creado confusión sobre la postura de la Iglesia Católica acerca de algunas cuestiones de moral sexual. El pensamiento del Papa se ha instrumentalizado frecuentemente con fines e intereses ajenos al sentido de sus palabras, que resulta evidente si se leen por entero los capítulos en donde se trata de la sexualidad humana. El interés del Santo Padre es claro: reencontrar la grandeza del plan de Dios sobre la sexualidad, evitando su banalización, hoy tan extendida”.

Así inicia la Nota aclaratoria publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe a propósito de las palabras del Papa sobre el preservativo en el libro-entrevista a cargo del periodista y escritor Peter Seewald.

¿Qué fue lo que el Papa dijo realmente? Al ser preguntado sobre el problema del SIDA, Benedicto XVI contestó: “Concentrarse sólo en el preservativo quiere decir trivializar la sexualidad, y esta trivialización constituye precisamente el motivo por el que muchas personas ya no ven en la sexualidad la expresión de su amor, sino sólo una especie de droga, que se suministran por su cuenta. Por este motivo, también la lucha contra la trivialización de la sexualidad forma parte del gran esfuerzo para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda ejercer su efecto positivo sobre el ser humano en su totalidad”. Ante la cuestión de si Iglesia debería admitir el preservativo en ciertas situaciones, el Papa contestó: “Puede haber justificación en casos singulares, por ejemplo cuando un prostituto utiliza un preservativo, y ese puede ser el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Sin embargo, este no es el verdadero modo para vencer la infección del VIH. Es verdaderamente necesaria una humanización de la sexualidad”. Finalmente, Seewald preguntaba: “¿está usted diciendo, entonces, que en realidad la Iglesia católica no se opone por principio al uso del preservativo? El Papa contesta: “Desde luego, la Iglesia no lo considera una solución auténtica o ética, pero en algún caso puede haber, en la intención de reducir el riesgo de infección, un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida de manera más humana”.

Seewald ha afirmado que el Papa leyó el libro antes de la publicación, aunque corrigió muy poco, para precisar mejor algún tema de los muchos que trata: tolerancia, Islam, la mujer, los abusos de menores, etc. Seewald opina, con razón, que nunca antes un Papa había hablado tan abiertamente sobre el tema, pero que no proclama una nueva doctrina sobre vida sexual; y deja claro que la lucha contra el sida no puede limitarse al uso del condón.

En cambio los medios de comunicación han comentado esas frases con menos equilibrio. Algunos han interpretado que el Papa permitía finalmente el uso del preservativo, superando de una vez la prohibición moral de la anticoncepción. Otros han entendido que ejercer la prostitución recurriendo al condón podría ser una opción lícita, en cuanto mal menor. ¿Qué decir de todo esto?

La primera cuestión es que el preservativo y la anticoncepción son asuntos diferentes para la moral cristiana. El preservativo es una “cosa”. La anticoncepción es un “comportamiento”. La moral no habla de “cosas”, sino de acciones humanas libres, de comportamientos. La anticoncepción es una conducta directamente encaminada a hacer infecundo el acto conyugal. Para ello los esposos recurren a diversos medios: químicos, hormonales, de barrera (preservativo u otros medios), interrumpiendo el coito, etc. La Iglesia habla de que los esposos que regulan los nacimientos mediante la anticoncepción están llevando a cabo una conducta moralmente equivocada. Es importante darse cuenta de que la calificación moral de la anticoncepción está circunscrita a un escenario bien concreto: el del acto conyugal. Un coito no es un acto conyugal, aunque en todo acto conyugal se realiza el coito. Quienes se dedican a la prostitución no realizan el acto conyugal, sino el coito. Por decirlo claramente, el acto conyugal es el tipo de unión sexual que se lleva a cabo no entre dos personas cualesquiera, sino entre dos personas unidas de modo estable para realizar una comunión de vida y amor.

Con esto que se acaba de decir bastaría para entender que el uso del preservativo o de otros medios no abortivos para evitar la concepción carece de significado moral propio en ciertas uniones sexuales de diverso tipo: cuando se hace por dinero, o con violencia, o por divertirse con alguien un rato, etc. Esas situaciones no tienen nada de “conyugal”, el acto conyugal no existe, es simplemente un coito. No son situaciones que caigan bajo la norma moral de la anticoncepción, como se ha dicho, aunque en ellas se utilice algún medio anticonceptivo. La respuesta ética para situaciones así es que las personas deben evitar ese modo de vida. La razón es que el ejercicio de la sexualidad en esas situaciones lleva a tratar a las personas de modo indigno, banaliza nuestra capacidad de amar y transmitir el amor con nuestro propio cuerpo, y causaría una grave injusticia al hijo que podría venir como fruto de esa unión.

La segunda cuestión está ya en parte contestada. En efecto, la prostitución es inmoral por sí misma, no porque se realice usando un condón. Ahora bien, es innegable que quien recurre al profiláctico para disminuir el peligro de vida para otra persona que se deriva del contagio del VIH, intenta reducir el mal vinculado a su conducta errónea. En este sentido, Benedicto XVI ha puesto de relieve que se trata “de un primer paso en el camino hacia una sexualidad vivida en forma diferente, hacia una sexualidad más humana”. Si a consecuencia de las relaciones sexuales (en un escenario de prostitución, como el que hablaba el Papa) se puede contagiar una enfermedad grave, es peor contagiarla que no contagiarla; es un mal de menor entidad, y no un consejo de cometer un “mal menor”. Como es lógico, la enseñanza de la Iglesia acerca de la prostitución (o de cualquier ejercicio de la sexualidad fuera del matrimonio) es que esas personas deben cambiar su comportamiento, deben cambiar de estilo de vida; el mensaje de la Iglesia no puede ser darles una lista de consejos con modos menos inmorales para que sigan viviendo así. Las personas que no quieren cambiar su modo de vivir y usan el condón para prevenir infectar a otros o ser infectados, manifiestan cierto sentido de responsabilidad.

Las palabras del Papa no atañen al caso de un matrimonio serodiscordante (es decir, un cónyuge seropositivo y el otro no) que usan el preservativo en sus relaciones para evitar el contagio del cónyuge. Este caso es muy complejo porque aquí sí entra en juego un verdadero acto conyugal y el uso de un medio que de por sí, independientemente de las intenciones, hace que ese acto conyugal sea estéril. No es ahora el momento de ocuparnos de un escenario de este tipo, pero si de subrayar de nuevo que la cuestión de la anticoncepción en el matrimonio y la cuestión de la prevención de la infección mediante el uso de condón en escenarios de promiscuidad son dos problemas morales completamente diversos.

Un importante filósofo moral, Martin Rhonheimer, que ha escrito abundantemente sobre los aspectos éticos de la cuestión, señalaba que “el papel de la Iglesia en la batalla contra el sida no es el del bombero que intenta contener la devastación, sino el de enseñar y ayudar a la gente a construir casas a prueba de fuego, y a evitar las conductas que provocan el incendio; además, naturalmente, de ocuparse y cuidar a todos aquellos que han resultado quemados. La Iglesia hace así sobre todo para ofrecer la reconciliación con Dios y la curación de las almas de cuantos han sido heridos en su dignidad humana a consecuencia de sus comportamientos inmorales o de las terribles situaciones y circunstancias que el sida lleva consigo”.

¿Y una palabra sobre qué hacer los farmacéuticos? Si el uso del preservativo puede ser un primer paso en el camino hacia la humanización de la sexualidad, no sería moralmente malo facilitar las cosas a quienes quieran dar ese primer paso. Pero determinar las personas y circunstancias con precisión, dentro de la actividad profesional de una oficina de farmacia, es ya una cuestión más delicada. Porque lógicamente no es un tema para preguntarle a la gente desde el mostrador, y como esas cosas se venden por doquier los usuarios tiene fácil acceso en cualquier otro sitio. En este sentido, un farmacéutico que no quiere vender preservativos no debe inquietarse pensando que obra mal por no ser suficientemente sensible a las implicaciones para la salud que conlleva la epidemia del sida: cualquiera puede comprar preservativos hasta en los supermercados.

De todos modos parece una hipótesis plausible pensar que en ciertos barrios o en ciertos horarios el uso del preservativo tenga poco que ver con la anticoncepción y más con ese primer paso del que hemos hablado, y por lo tanto en escenarios así podría ser moralmente lícito venderlos.

Ahora bien el farmacéutico, como profesional de la salud, sabe igualmente y ve con preocupación que, a pesar del uso tan difundido del preservativo, aumentan los embarazos de adolescentes, los embarazos no deseados que acaban en aborto, la petición cada vez mayor de las píldoras postcoitales, el aumento de las enfermedades de transmisión sexual, etc., etc. Definitivamente hay que concluir que el preservativo no es una solución auténtica. El farmacéutico que se opone a venderlos manifiesta su oposición a una banalización de la sexualidad que causa problemas, también sanitarios, muy graves.